POR MÓNICA PEÑA
Las 800 horas de enseñanza, de lo que el ministro considera como la base de la educación, sirven mucho ya que “es difícil que los estudiantes puedan avanzar en los otros ramos si no tienen una buena base en lenguaje y matemática, la idea es que desarrollen las habilidades comunicativas y que las horas extras las usen para realizar ejercicios prácticos numéricos”, sostuvo Lavín.
Esta noticia indica que aumentarán por un lado las horas de algunos ramos y por otro disminuirán, según un cálculo, otros, todo esto aprobado por unanimidad por el Consejo Nacional de Educación.
El diseño curricular no es una decisión inocente: es una respuesta a la pregunta política de cómo educamos a los nuevos miembros de una sociedad. Pero en una sociedad privatizada esta pregunta ha sido forzada a perder sentido. El énfasis en las habilidades comunicativas y el desprecio por el pasado nos imponen la loca idea de que la experiencia política debe basarse en el acuerdo y no en la discusión, la diferencia o la distinción: las traumáticas experiencias de nuestro pasado para algunos son manifestaciones de intolerancia y no los avatares de un proceso complejo de lucha de clases. Las matemáticas, claro, preparan para ver la realidad con ojos objetivos, y en ausencia de cualquier molesta ideología puedo sacar cuentas, multiplicar ganancias y diseñar intervenciones ingenieriles que desechan cualquier derroche de saberes inservibles.
Algunos pensarán que la ciudadanía se enseña con ramos, se explica en cátedras o se vivencia en talleres muy didácticos. Yo creo que no. Creo que la Educación es un proceso político integral, donde no sólo nos formamos para el trabajo sino que para la convivencia y la democracia. Qué añejas suenan mis palabras, a pesar de que creo posible una educación instrumentalizada hacia lo laboral que podría convivir con una educación abierta a las preguntas morales.
Tal vez el problema más molesto para la clase dominante es el temor a enfrentarse al carácter ideológico que tiene la enseñanza de la Historia, temor que es fiel compañero del pensamiento ingenuo que considera al Lenguaje y las Matemáticas como despojadas de todo carácter político, y las sitúa como una cierta verdad disciplinar más allá de quién la enseña. Historia era el último ramo evidentemente político de nuestro currículo: se fue el francés –qué linda lengua para adentrarse en el mundo crítico- se fue la filosofía, se fue la Educación Cívica, se va de a poco el Consejo de Curso. ¿Se fue, por casualidad, Religión?
Algunos dirán –con razón- que el problema de la disminución de las horas de Historia tendrá como consecuencia la falta de conocimientos específicos y generales. Yo agregaría que el gesto de disminuir las horas de esta asignatura (por más que sea posible usar las “horas libres”), es un gesto violento contra quienes cultivan con excepcional calidad esta disciplina en nuestro país, pero es también un gesto de violencia contra las masas y ese último lugar que ocupaban en nuestra sociedad: nuestra Historia.
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